2006/08/06

Amantea

Beharbada gehiegitan gidatzen gaituzte aurreiritziek.

Liburu bat esku artean hartu, idazlearen irudia ikusi eta ezaguna izan. David F.Cantero, Espainiar telebista publikoko aurkezlea izanikoa. Serioa eta ikaragaitza. Behintzat hori zen hartaz nuen irudia. Bere lehen nobela irakurri arte. Amantea.

Beste edozein liburu bezalakoa izan zitekeen. Hitzez jositakoa, istorio bat kontatzen duten horietakoa, edonolakoa. Baina idazlearen pentsamendu sakonek eta hauek adierazteko erabiltzen duen magia ezin hobeak liluratu naute.

Emaztearen gabeziak gizon bati sorrarazten dion agonia deskribatzen saiatzen da liburu osoan zehar. Maitearen hutsak sorrarazten duen sentimendu deskribaezina, azalezina, jasanezina. Paulo Coelhok El Zahir nobelan egiten duen bilaketaren saiakera mistikoa barregarri uzten du. Era humano batean adierazten du gabezi hori Canterok, zalantzez itota bizi den pertsonaiari bizi literario bat emanez. Paper artean jarraitu dudan bizitza existentziala.

Osorik irakurtzeak merezi duela esango nuke propaganda zalea izango banintz, baina egile-eskubideak urratuz pasarte bat uzten dut hemen. Bizitzaren bidegurutze orotan zergatiez galdezka dabiltzan horiei eskainia:


En nuestra distancia dormida
"De tanto mentirlas, las mentiras se tornan verdades. Terminan formando parte de nuestra realidad, engañándonos. Son nuestro entorno, nuestro mas intimo disfraz, mas ciertas que todas las certezas. Las vamos incorporando a nuestra vida en voz baja, y quedamente nos hablan, de cuando en cuando, recordándonos toda la falsedad que sustenta nuestra leyenda personal. Pero, al fin, eso son las novelas y los días: ficciones.
Fingimos amor, fingimos dolor y angustia, fingimos compasión, pero sobre todo fingimos cuando mentimos ser felices. En ocasiones nos invade una eufórica alegría, un optimismo que raya en lo ridículo, nos regocijamos en pequeños placeres y satisfacciones inconsistentes que, a su vez, también nos miente.
Es fácil estar triste, ser triste, dejar que la tristeza nos invada, que la agridulce melancolía llene unas horas, nos sacie; pero que difícil es forzar la alegría, que difícil sentirla verdadera, poderosa, invulnerable.
Nacemos del dolor, nuestra vida es dolor, jamás dejamos de sentirlo, y si llegamos a liberarnos por un instante de su lacra, en nuestro alborozo, su ausencia nos pasa inadvertida. La alegría se colma en si misma, devorándose, y nos deja súbitamente hambrientos de ese gozo. Apenas somos capaces de recordar un instante feliz y cuando lo hacemos, nos asalta la duda de si ese recuerdo será cierto. Cada día de efímera felicidad tiene en su contra meses o años de lento e introvertido padecimiento. Tenemos la facultad de soportar el dolor hasta límites casi insospechados, pero no la potestad de desterrarlo en el júbilo.
Que nadie se llame a engaño: la vida es fastidiosamente triste y aburrida. Los animales no lo saben ni lo sienten como nosotros, solo aceptan con extraordinaria naturalidad cualquier hastío, cualquier agrado. Sin grandes penas ni alborozos, pasan la vida holgazaneando despreocupados ante la tristeza y el aburrimiento, sin casi inmunes a ellos. En cambio, los seres humanos, abrumados por el escaso tiempo que nos queda, por la ignota fecha de caducidad de la existencia, nos conocemos el verdadero sosiego. Pretendemos disimularlo, pero en el fondo de nosotros, en lo más profundo, guardamos ese convencimiento. Lo sabemos, tarde o temprano ¡hemos de morir! En el mejor de los casos, aprendemos a vivir así, siempre acompañados por un leve sufrimiento, por una aprensión indefinida. Jamás nos abandona la posibilidad, el mal agüero, el presentimiento de que el próximo minuto podría hacerse muy pesado, dolorosamente pesado e insoportable.
Estar vivos en algo nos es ajeno, aunque seamos incapaces de aceptar la muerte. La vida nos habita invisible, nos invade licuada en sangre, pero vivir jamás nos colma. Al menos no hasta que somos viejos o nos sentimos incapaces, o sufrimos por encima y mas allá de las demarcaciones del malestar y la desesperación. Sabemos que la existencia es finita y esa idea nos resulta insoportable.
La vida, como un leviatán adormecido, como una bestia que dormita planeando devorarnos. Su ausencia es nuestra inseparable tragedia, el origen de todos nuestros miedos, mezquindades y defectos, el temor que condiciona cada minuto de duración de nuestra existencia…”

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